El Asesino repetía como un mantra el estribillo de la canción. Le gustaba ese tema de REM, de lo mejorcito de la última etapa. Se levantó despacio, saboreando la mañana. La luz entraba por el ventanal que daba a la pileta. Una buena vida, pensó. No le dedicó un solo pensamiento a la mujer que dormía desnuda bajo las sábanas azules.
Se puso el jean y terminó de vestirse camino al baño. Se afeitó con cuidado y se dio una ducha rápida. Los billetes estaban sobre la mesa de luz. Salió sin despertar a la mujer. Sabía que no la encontraría.
El Abogado recibió el llamado en su despacho, no si antes advertir a su secretaria que no lo interrumpa durante la siguiente media hora. La voz del otro lado tenía un tono suave pero enérgico, y reafirmaba ciertas frases repitiéndolas, como un mantra. Se limito prácticamente a escuchar, comentando a lo sumo algún punto para reafirmar las instrucciones de su interlocutor. Tomo nota del número de la cuenta donde debía realizarse la transferencia y los datos del policía al que debía llamar apenas el asunto estallase.
Nunca supo el nombre de su interlocutor. Tampoco se lo preguntó.
El Israelí se despertó de golpe; por un instante se sintió intranquilo hasta que divisó la figura del Guardia, inmutable, que vigilaba a través del ventanal. Trató de volver a dormirse, pero no pudo. Tatareó un tema de REM hasta que finalmente el sueño le ganó la batalla. Soñó una vez más con el fuego de las ametralladoras, con los gritos, y con la oscuridad que envolvía su propia muerte. Y despertó como siempre, gritando y empapado de sudor. El Guardia, acostumbrado, apenas lo miró.
El Asesino caminaba por Viamonte pero decidió doblar en Marcelo T. Disfrutaba el paisaje de Buenos Aires como un turista más; allí se sentía anónimo, la gente que pasaba cerca suyo no sospechaba quién o qué era. Sonrió y se sintió aún más poderoso de lo que era físicamente. Era una cuestión "espiritual", por así decirlo. Recordó esa película de Pacino, susurrando a Keanu Reeves sobre las ventajas de mantenerse en la trinchera. "Soy como un tiburón, Kevin", le decía al atribulado personaje de Reeves; "nunca me ven venir". Así se sentía, precisamente.
El Abogado hizo un par de llamadas esa mañana. Dejo que el té se enfriara como excusa para que su secretaria entrara y pudiera admirar las piernas que se desplazaban por la sala con andar felino y un perfume de Channel que no podía recordar. Cuando la secretaria salio, reviso los papeles sin leerlos en profundidad, como mirando la situación en que estaba inmerso muy por arriba. Sin embargo estaba hundido en ella hasta el cuello. Era algo que él no había buscado; sin embargo iba a tener que nadar ahí, en esas aguas podridas y oscuras, porque no estaba en posición de decirle no al Jefe. Ya estaba harto de estas cosas; su esposa ya se había marchado, para su hija era casi un extraño, pero como su mujer le recordaba siempre, cada vez que se cruzaban en el juzgado: él se lo había buscado. Jamás un abogado debe involucrarse en negocios con un cliente, pensó. Todavía tenía la foto familiar en su escritorio. Allí todos sonreían; eran mejores tiempos.
El Israelí desayunó liviano, desechando los huevos a la salmuera. Dejó caer los papeles de su regazo y mientras se desparramaban por el piso del comedor temió que alguien viera el sello de la embajada en rojo, con la palabra en inglés "Confidential". Miró a su alrededor, nervioso, pero los empleados del Hotel estaban lejos y no se molestaron en ayudarlo. Notó que no había lustrado sus zapatos de cuero italianos. El Guardia que le habían asignado se apresuró a recoger los papeles, sin mirarlos. Se acomodó el kipá y retomó la lectura donde la había dejado, meditando si era conveniente que el gobierno argentino supiera sobre esa célula terrorista y la identidad del Asesino. Se restregó los ojos y miro el reloj de pared, apurando el café para no llegar tarde a la reunión. Faltaban 20 minutos para las 9. Afuera la llovizna provocaba a la ciudad, que contestaba con su habitual concierto de bocinazos y de insultos.
El Asesino volvió al departamento. Lo encontró vacio. La chica se había ido; los billetes habían desaparecido de la mesa de luz. Dejo las bolsas en la cocina y repaso mentalmente el recorrido que haría el auto, las vías de escape, los nombres de las calles laterales. No podía dejar nada al azar, porque algún día la fortuna dejaría de sonreírle. Recordó su primer trabajo. Otros tiempos; tiempo de cuchillos afilados, de sangre brotando a borbotones de un cuello desgarrado, de los ojos de terror del comerciante que no había cumplido el pago al jefe de su zona. Lo había dejado caer al piso; no había sentido nada. Absolutamente nada. Ni siquiera había escuchado los gritos de suplica de la esposa mientras sus compañeros la ultrajaban una vez, y otra vez, y otra vez. El era diferente; no participaba de esas cosas y las deploraba. Era la clase de conductas que daba mala fama a su profesión, tal vez realmente la más vieja del mundo desde Caín y Abel. Actuaba en abstracto, como si su cuerpo se separara de su ser al quitar una vida. No era él; era una máquina, un dispositivo perfecto diseñado para una tarea específica y silenciosa.
Pero eran otros tiempos. Ya no había un contacto con ese "Otro", ya no se podía ver su mirada de terror ni darle el derecho a saber que eran sus últimos momentos.
El Abogado llegó temprano de la Cancilleria. Su antiguo compañero de la Católica lo había recibido temprano, y el policía había hecho la vista gorda cuando le permitieron acceder por la puerta lateral, evitando firmar el libro de entradas y la revisión de su maletín. Los papeles le "quemaban" y esperaba sacárselos de encima apenas el Israelí lo visitara aquella tarde. Su amigo (que ocupaba un altísimo puesto en el organismo y en la práctica era la mano derecha del Canciller) tampoco quería saber nada con el tema, pero tampoco tenia elección. Los deseos de cada uno de ellos, la vida personal; todo estaba condicionado a una especie de "voluntad superior" que los mantenía en una especie de vigilia permanente donde no se podía confiar en nadie, como en las novelas de Le Carre. El Abogado pensó en el protagonista de "El espía que vino del frío"; precisamente esa fue la sensación que recorrió su espalda. Trato de desechar la idea, que lo perseguiría todo el día.
Releyó los papeles una vez más, tratando de hacer una especie de "perfil" mental del Asesino que andaba suelto por Buenos Aires, quizás listo para volar un edificio público o la sede de alguna empresa norteamericana. No era como en CSI. En la vida real, estos tipos eran mucho más peligrosos.
El Israelí miro el empapelado de la sala. La embajada no había escatimado en gastos, pero la decoración le parecía casi de mal gusto. Se reclino nervioso; el sudor de las manos casi dejo escapar los papeles que había estado releyendo en el desayuno. Estaba por darles un último vistazo cuando se abrió la puerta.
El Embajador no era mas gordo y alto de lo que imaginó cuando hablaron por teléfono; era diferente. No tenia el clásico perfil judío, su nariz era delgada y pequeña, sin el quiebre característico. El traje era caro pero le dio la impresión que se revolvía incomodo en él.
Una secretaria entró y les ofreció café, que el Embajador lo aceptó con una inclinación de cabeza. Él se negó.
Su anfitrión examino los papeles y fue directo al grano. Le dio instrucciones sobre como debía proceder, los contactos en Argentina y como llegar hasta la frontera una vez cumplido el objetivo. Por supuesto que su Gobierno no podría hacer nada por él si cometía un error y era arrestado por la policía local, pero calculaba que eso no pasaría. El objetivo, le recalcó, debía cumplirse a toda costa. Recibiría un llamado de su contacto para verse, con instrucciones detalladas.
El Embajador se puso de pie y extendió su mano, dando a entender que la reunión había terminado.
El Asesino subió al 307 azul y manejo despacio. No podía cometer una infracción o arriesgarse a que lo detuviera la policía en un control; lo que llevaba en la guantera no le permitía cometer un solo error. Dobló por Libertador hasta Callao, donde aminoró aun más la marcha para mirar la estructura del edificio del cual saldría su objetivo, la vereda donde realizaría su trabajo. El semáforo de giro le dio el paso y doblo a la izquierda en una calle lateral. Estaciono unos metros más adelante de lo planificado, pero juzgo que no habría problemas para escapar. No lo haría en ese auto, de todas formas.
Por las dudas fallara, preparó el reloj del detonador cuyo encendido activaría los explosivos de la parte trasera del auto exactamente a las tres de la tarde y se dispuso a contemplar lo que podrían ser sus últimas horas de vida.
El Abogado sabía lo que tenía que hacer. El tema era más "personal" esta vez, y pensó que seria mejor pasar por el banco. El Gerente lo recibió con la sonrisa de siempre y no preguntó porqué quería aumentar el saldo de la cuenta mancomunada con su esposa, y tampoco cuando finalmente se decidió a pasarla a nombre de ella. Toda la mañana había tenido un mal presentimiento, pero el banco le producía desasosiego y la sonrisa perenne del Gerente le daba esa tranquilidad que no tardaría en abandonarlo apenas pusiera un pie en la vereda.
Estaba por salir cuando decidió retroceder y pedirle al Gerente que le permitiera acceder a su caja de seguridad. Una empleada atractiva, a la que se le marcaban los pechos debajo de la blusa blanca, lo acompaño. Le entrego la llave y lo dejo a solas en la pequeña bóveda. El Abogado sacó de su bolsillo una pluma fuente y comenzó a escribir en su cuaderno, sentado frente a su caja. Estuvo casi una hora. Examinó la prolijidad de la letra; el encabezado tenía una hermosa letra gótica, que su esposa seguramente apreciaría. Suspiró, y arranco las hojas del cuaderno con prolijidad, colocándolas en la caja. Cerró con llave y salió, con la sensación que nunca mas volvería a experimentar el desasosiego que le producía ir a ese banco. Afuera, el frío arreciaba.
El Israelí se dispuso a esperar el llamado de su contacto junto al teléfono. No alcanzó a terminar el primer capitulo del libro de Sheldon que había comprado en el aeropuerto cuando el aparato emitió un ruido estridente y molesto. Levanto el tubo y del otro lado apareció una voz sin presentarse, que le pidió que se aleje de la ventana. Se dio cuenta que lo estaban vigilando; se apresuro a obedecer y estiro el cable del aparato hasta salir de la orbita de la calle. Su contacto detallo monótonamente lo que tendría que hacer y el Israelí memorizo cada instrucción recibida. Su interlocutor colgó y él se quedo mirando el tubo del aparato, pensando en las instrucciones que había recibido. Se paso la mano por la cara. La transpiración arreciaba otra vez.
El Asesino jugó un instante con el detonador, divirtiéndose con la idea de matarse y a la vez matar a una buena cantidad de inocentes. Miro las caras de preocupación; empleados agobiados, madres que gritaban mientras arrastraban a sus hijos, hijos que lloraban mientras eran arrastrados por sus madres, cadetes que corrían de un lado a otro con paquetes o fotocopias, secretarias que maldecían una media rota o tal vez el momento en que decidieron acostarse con sus jefes. El Asesino leía esas caras a la perfección. Dejo de jugar con el aparato y extrajo la pequeña y mortífera Glock de la guantera.
Miró el reloj. En unos treinta minutos, su objetivo llegaría de la puerta del edificio que vigilaba con mirada de hierro. Se preparo; estaba listo como siempre. Tal vez, como nunca en su vida.
El Israelí salió apurado del hotel. Aún le ardía la mejilla donde se había cortado al afeitarse. Repetía mentalmente la dirección de Av. Del Libertador, el piso y la oficina donde debía concurrir a retirar el pasaporte falso y el ticket del viaje. La embajada no reparaba en gastos y el contacto era bueno, así que no debería tener problemas en Migraciones; menos aún en un país como la Argentina. Paró un taxi en la entrada del hotel y le dio la dirección sin demasiados preámbulos.
El coche arrancó dejando una humareda negra y enfilo por Agüero. Paso una serie de torres de departamentos hasta que llegó a Pueyrredón y doblo a la derecha. El conductor levanto la vista y lo observo curioso por el espejo, con ánimo de conversar, pero el Israelí dejo pasar la charla. Simplemente no estaba de humor.
Llegaron enseguida. El taxi se detuvo en la entrada del edificio y el Israelí le entrego un billete de veinte al chofer sin esperar el vuelto. No alcanzó a escuchar lo que le decía el conductor cuando ya estaba franqueando la entrada del edificio. No pareció prestar atención al hombre que lo observaba, fumando, desde un 307 azul.
El Asesino recordó que no había apagado la luz del departamento antes de salir. Prestó atención a un hombre de aspecto nervioso que entraba al edificio y después vio a una madre que se detuvo cerca del auto. El vestido era amplio, pero dejaba ver unas curvas interesantes. La vio acomodar el manta de su hijo y penso en el suyo propio. Habían pasado muchos años; ya casi no recordaba su rostro. De golpe el dolor lo atravesó el alma como un látigo y se revolvió en el asiento, buscando espantar la escena de aquella explosión, la imagen de su mujer pidiendo ayuda, de su mano tratando de alcanzar la suya bajo los escombros, el llanto del bebé y después el silencio, solo el silencio, y al final la luz cegadora del la habitación del hospital. Y mucho después, solo la sed de venganza contra los que le habían quitado todo. No pensó en nada más durante cada día y cada noche que estuvo postrado en esa cama. Cuando le dieron el alta solo pensaba en que Alá le había dado una oportunidad, lo había dejado vivo solo por un motivo. Miro con desprecio la foto del Israelí, aquel hombre que parecía nervioso hace unos momentos al atravesar la entrada del edificio. Le había llevado años investigar su nombre, sus contactos, la certeza absoluta de que él había sido el responsable de todo el horror que había sacudido en su vida.
Pero esa tarde, sin más preámbulos, todo terminaría.
El Israelí se dejó caer en el sillón mientras la secretaria iba a buscar el pase para entrar al edificio y lo cargaba con sus datos. Con un gesto, le pidió que se acerque y le entrego la credencial.
El Israelí paso el molinete electrónico y tomo el primer ascensor de la izquierda. Marcó el piso 14 mientras el cubículo se llenaba de gente y de olores de transpiración y perfumes en una mezcla agria. Al salir giró a la derecha y busco la oficina con el nombre que le había dicho su contacto, lo encontró enseguida: Manuel Lainez y Asociados.
Golpeó suavemente la puerta sin darse cuenta que había un portero eléctrico. Se escuchó un chirrido y la puerta se entreabrió de golpe. Al entrar le molestó el color rojo fuerte de la alfombra; la secretaria lo miraba con ojos brillosos y sonrisa estúpida.
El Abogado lo recibió con un fuerte apretón de manos y lo invito a pasar a su oficina. El Israelí rehusó sacarse su saco de tweed color crema; sabía que la reunión seria breve. Intercambiaron unas pocas palabras en hebreo y cada uno dio una mirada a los papeles del otro, solo por compromiso. Ambos sabían lo que estaba escrito; una trascripción casi literal de lo que se hablado en la ultima reunión en Tel Aviv. El Israelí dio una última revisión a los papeles que tenia frente suyo, y sin dar tiempo de reaccionar al Abogado extrajo de su mochila una DAO calibre 22, corta. Pocos segundos después se oyó en el despacho un ruido sordo, amortiguado por la acústica de la sala y el silenciador. El Abogado se desplomó sobre el sillón, dejando una mancha de carmín oscuro en el piso del estudio.
El Israelí espero a que el corazón terminara de latir y apoyó una mano en el cuello del Abogado sólo para asegurarse. Sabía que no podría dispararle a la secretaria o a cualquiera que lo hubiera visto entrar en el estudio; pero podría huir en cuanto hubiera terminado el trabajo y antes de que la Policía comenzara a buscarlo. Entreabrió la puerta. La secretaria estaba lejos, revisando unos biblioratos. Probablemente no había escuchado nada. Se apresuró a salir y cerró la puerta de la sala justo antes que la secretaria se acercara a preguntarle si todo estaba bien. Sí, por supuesto, había olvidado unos papeles importantes en el auto y volvería enseguida. La mujer de sonrisa estúpida no demostró mucho interés y siguió revisando las carpetas, deduciendo que su jefe no querría ser molestado aún en ausencia de su invitado.
El Asesino lo vio salir y bajó del auto. Sintió el frío de la Glock en el bolsillo; le sacó el seguro y comenzó a caminar hacia el hombre que, distraído, parecía ansioso de conseguir un taxi.
El Israelí lo había visto en la entrada del edificio, en aquél 307 azul. Supo de inmediato que era él, y llevó descuidadamente la mano al bolsillo del saco. Empuñó el arma bajo la tela de tweed color crema y miró de reojo la calle, como si buscara un taxi. Cuando calculó que el Asesino estaba a pocos pasos, la mano entrenada por el Mosaad se movió rápido.
El Asesino se tomó el pecho y cayó de bruces, sorprendido por la puntería del Israelí. Una mujer que pasaba al lado suyo lo miró extrañada hasta que vio la mancha de sangre que comenzaba a derramarse y comenzó a gritar. El Israelí caminó decidido hacia él y supo que todo terminaría pronto. La vista se nublaba; trató de incorporarse pero una fuerte patada en el estómago lo hizo gritar de dolor, mientras un zapato italiano destrozaba su mano y pateaba lejos la Glock. Lo último que percibió fue la sombra del Israelí que se inclinaba sobre él como una especie de Parca, apuntándole a la frente.
Pensó en su venganza, en su mujer, en su hija, en que muy pronto estaría con ellas. Insha´Allah, murmuró. El Israelí asintió, quizás entendiendo lo que pasaba por su cabeza en esos últimos instantes, y apretó el gatillo. La mujer seguía gritando y un policía se acercaba corriendo con el arma desenfundada. El Israelí giró para enfrentarlo.
Faltaban unos segundos para las tres de la tarde...
A las 11 de la noche uno de los rescatistas encontró una pistola ennegrecida. Pensó que debía ser de alguno de los policías de Guardia en la zona, tal vez del edificio. La puso en una bolsa plástica y miró a su alrededor. Donde quiera que posara la vista había destrucción y muerte. Dos edificios habían sido prácticamente destruidos por la explosión; había autos incendiados, escombros y polvo por todas partes, sirenas chillando y potentes focos que atravesaban el área y lastimaban la vista. Ya habían rescatado más de veinte cuerpos, y algunos restos incompletos de eventuales transeúntes que pasaban por la zona en ese momento; entre ellos, el torso de un hombre con parte de un saco de tweed destrozado y ennegrecido, pero que parecía haber sido de color crema.
Iba a ser una noche muy larga.
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